muro de sombras y pájaros



Colibrí

Él en mi mano
yo en su aleteo,
inmensidad del instante.

II

Un país naufrago,
sorprende al pájaro con sus alas rotas
en la orilla de un poema.

III

Mis raíces nómadas se detuvieron.
Iluminó un rabioso sol.
Posaron los pájaros,
alimentaron sus trinos
y los siglos no detienen ni mi andar
ni su cadencia.

IV

En el país de ensueño
muertos fornicando en el estertor del tiempo,
vivos fornicando entre rezos.
Los buitres se arremolinan,
un abismo abre el cuelo
y otros pájaros arden en voces implacables.

V

¿Donde ese rumor de pájaros hambrientos?
Entre la niebla y el olvido
la sabiduría en sus alas
rejuvenece el viento,
guarda secretos de la caverna encendida.

VI

El silencio rompió sus alas
en la travesía del viento,
solo,
solo el silencio.

VII

Un espejo deslucido
ve pasar el reflejo del día
una a una la sombra
de los pájaros que llevan voces acalladas y sollozos.

VIII

Preñez milenaria tallada por sinsontes
en el alero del cielo,
la montaña.

IX

En la rama seca
-posa-
la torcaza de otros tiempos,
alimenta su canto en alabados y silencios,
habla de caminos infinitos,
moradas insondables,
abanica el mundo.
En su mirada parda
las guerras incontables.

X

Un cortejo sin murmullos,
ni llanto, pasa.
El ojo del condenado, su mordaza.
La sombra de su pie, los hilos descocidos de la araña,
el rastro de la historia.

XI

Lo desenterraron -como un árbol-
cercenaron sus brazos, su fuerza.
Arrancaron sus dientes, su risa.
Despojaron sus raíces.
Vio pasar a sus muertos
y en caravana los fantasmas.

XII

Pasan las aguas
donde el ahorcado dejo sus pecados,
a veces las alimañas aplauden a sus muertos

XIII

Abordaron la oscuridad
con el hambre en sus pasos y la geografía en su mirada,
felinos perseguidos devoraron la noche.

XV

La brújula marco la huella,
en el muro la mueca del olvido,
la ceniza y la sentencia.
Nada señala la piel de los ausentes.

XVI

Borrar la memoria del muerto,
lavar las señales de su piel,
maquillar los parpados ausentes,
buscar en la nada una mordaza,
una foto amarilla,
su ultimo aliento.

XVII

El gorrión sonríe
vibran sus colores ciegos,
la primavera.

XVIII

El sol lloro los valles
sembrados de escapularios rotos,
aturde la campana,
acuchilla el silencio
y enlutados pájaros cruzan el firmamento.

XIX

Algo se fue esa noche entre sollozos,
una parte se quedo allí
en el fondo de un lamento sordo.
Los pájaros se llevaron el aire,
los desaparecidos y el silencio.

XX

Un pajaro vive,
el paso de la tarde,
aleteo de hojas secas.

XXI

He borrado mis trazos
para acallar el miedo.
LA memoria habita los poros
y un tenue escalofrío me recorre,
perdiéndome.

XXII

Pajaros violentos en campo desolados y huertanos,
tierra mutilada 
en pasos apresurados,
éxodo de niños,
sonrisas colgadas al filo de la noche.

XXIII

En lentos frios
-lejos del tropico-
el sol huidizo,
casi demonio.
Se ríe del llanto y sus plegarias
me resigno después de blasfemarlo,
el reloj de arena paro su destino
la lentitud lo envuelve.

XXIV

Los colibries poblaron mis ojos,
el bosque, la aldea,
la esperanza.

XXV

Huí lejos de las amorosas montañas,
de los cómplices ríos,
de pueblos enlutados
y de sombras con humana presencia.

Mi morral,
como si cargara una tumba.

XXVI

¿Quien se llevara mis huesos cuando se vayan?
¿Quien arropara el rastro frío?
¿Cuando rodara la corteza protectora?
¿Cuantos inviernos pasaran por esas soledades?
¿Quien mas?

El silencio,
todas las sombras nos arrullaremos.


XXVII

Carda el tiempo de partida.
En la mascarada que comienza,
un colibrí aletea.

XXVIII

Mujeres deshojadas
como libros en cualquier rincón.
Perdieron su risa.
Vidas rotas,
muñecas extraviadas.

XXIX

No es agua el río.
Sus entrañas queman.
De su vientre afloran ojos,
cuerpos que bebieron soledades.
Desangraron su inocencia.
Lleva fantasmas y olvidos.

XXX

Los ausentes se silencian,
hablan,
gritan,
son extraños,
no están y están lejos de sus amados,
del paisaje,
de sus muertos,
de ellos cuando mueran,
de la tierra que no abrazan.
Huyen de sus huesos
-solos-
sin música,
lejos de casa.



Miriam Alicia Sendoya

Noche Azul


Los incontables caminos
que anduve como loca para no encontrarte
en realidad me llevaban todos a ti.

Hasta cuando yo iba sola por las noches oscuras
las estrellas que huían de mi mirada
probablemente brillaban encima de tu cabeza
y las flores ante mis suspiros y mi aliento
probablemente se agitaban inclinándose hacia ti.

Del amor a la humillación,
de la humillación al amor,
yo bajaba el balde de tu pozo varias veces al día,

pero lo único que subía todas las veces
eran caminos con miles de bifurcaciones.
Voy andando por los caminos infinitos
que hace una estrella buscando a otra en la galaxia.

Mi vida es
un rodeo hacia ti
después de recorrer todos los atajos.

Ra Hee-duk

No, no es cosa de hacer escalas



No, no es cosa de hacer escalas, de apoyar la voz en el vientre y llegar a esa sonrisa interior cuando el sonido hinche las cavidades del rostro. No es la lengua extendida a lo ancho de la boca, apoyada en los dientes. Tampoco es la exhalación que sucede detrás de los ojos ni aquella que lo hace evitando el roce directo con las cuerdas vocales cuando una congestión.
No, no es cosa de ejercitar.
El tejido de la voz ha sido por ahora desmembrado y su cuerpo todo concentrado sin concentrarse, se cuerpo puede traerlo de vuelta como órgano a su catedral.

Guadalupe Santa Cruz